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Su mejor amigo la grabó desnuda en el cuarto de baño y colgó el vídeo en internet
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30.05.10 - FRANCISO APAOLAZA
«No sé quién me ha visto desnuda»

Cámara oculta. María posa a contraluz para garantizar el anonimato.

Un metro setenta, rizos dorados, contable, 34 años de vértigo. María ni siquiera hace 'topless' en la playa. Era una chica normal con una vida normal, al menos hasta la mañana de agosto en que acudió a una llamada de la Policía Nacional en Sevilla. «Tienes que ver algo». Sería una broma o una faena más de su ex novio. «Le habrá puesto mi nombre a un vídeo guarro de otra para joder». El muy cerdo. Se equivocaba. Era ella en carne y hueso. Otra persona que no era su ex la había convertido en estrella del 'porno voyeur' mundial. «Cuando lo vi, pensé que me iba a morir». Había, al menos, otras dos chicas afectadas.

Novios despechados, mirones irredentos... La red está plagada de vídeos y fotografías grabadas sin el permiso de la 'actriz'. La Policía no ofrece datos del número de denuncias, pero advierte que crecen día a día y que sólo representan la punta del iceberg del problema. La búsqueda de las palabras 'sex spy' (sexo espiado) en Google devuelve 32 millones de resultados de fotografías y vídeos con millones de mujeres como protagonistas. La gran mayoría, no se enterará nunca.

La historia de María, ahora a la espera de juicio, se suma a este rosario de argumentos oscuros que mezclan sexo, cámaras y traiciones, aunque traspasa el típico guión de «pervertido graba a su novia y lo cuelga». Hay más. El artífice de la gracieta no es su ex pareja, sino su «amigo del alma».

El compañero de juergas y confesiones había hecho más que poner un hombro en el que llorar. Cuando había fiesta en casa de su propia novia, instalaba una cámara secreta para retratar la cara B de las reuniones. En la imagen robada, María se desnudaba para cambiarse la ropa y ponerse el bikini. En otras escenas hacía «todo lo que una mujer puede hacer» en un cuarto de baño. «Se me ve por delante, por detrás y de todas las maneras», lamenta.

La Policía le aconsejó no decir ni hacer nada para no entorpecer una investigación que estaba más clara que el agua. En el bruto de las imágenes que habían suministrado las webs aparecía el sospechoso retirando la cámara a cara descubierta. «Encima, este chaval es tonto». No hubo que hacer más conjeturas. María guardó silencio incluso después del registro, «por corte» y para que sus familiares y amigos no le partiesen la cara al responsable. Algunos de sus seres más cercanos desconocen aún la historia.

Hace unos meses los agentes confirmaron la jugarreta con la detención y el registro en casa del acusado. «¡Abra!» La Policía. A sus 35 años, el empleado de la construcción guardaba en el portátil decenas de vídeos de contenido sexual grabados sin el consentimiento de las protagonistas. En su móvil también estaba María en el cuarto de baño.

Hasta aquí llega la traición. Ahora, la vergüenza. El acusado -actualmente en libertad- no se limitaba a guardar las cintas para su extraño deleite voyeur, sino que las enseñaba al mundo entero. «De pronto me vi dando vueltas por veinticinco webs de todo el mundo», recuerda María. Quedaba mucho por delante y lo primero era borrar de la red los rastros de la broma sexual de su nuevo enemigo, compartido con otras mujeres, todas ex parejas salvo ella. No tuvo bastante con filmar a su confidente en el servicio, el detenido aderezaba el vídeo con comentarios. «Me identificaba con nombre, dos apellidos y mi ciudad. Te puedes imaginar lo que la gente decía de mí». Él tampoco se quedaba corto en las descripciones: «Ésta es una ilusa. Mira que si la gilipollas de ella se entera, le da algo», escribía.

14.000 visitas

Si no le dio algo, faltó poco. Tragado el sapo de la decepción, María comenzó otro calvario añadido. La Policía y los abogados se encargaron del delincuente, pero ella tenía que acudir a su ordenador a diario para rastrear sus propias imágenes y conseguir borrar el rastro del ultraje. «Encontré unas veinticinco páginas y tuve que investigar entre todo aquello para dar con las empresas que las alojaban en Francia, Japón, Estados Unidos... Me ponía en contacto con ellos por correo electrónico, les explicaba el caso y ellos retiraban mis imágenes». Pero eso la obligaba a asistir a su propio éxito de audiencia. «En algunos vídeos llegué a tener hasta 14.000 visitas».

Desde entonces, vive «curada de espanto», aunque no se acerca por el barrio de su antiguo amigo. «Voy por la calle y no sé quién me ha visto desnuda. Eso es muy desagradable».

En su ciudad también le persigue el fantasma de la duda. Desconoce si «el tío que está en el bus» reconoce en ella a la chica del vídeo robado en el cuarto de baño. También admite que no ha despertado totalmente de la pesadilla. En cualquier momento, su particular virus puede activarse de nuevo. «Han eliminado las imágenes de la red, pero se podían descargar todos los vídeos y pueden seguir allí y saltar de nuevo. ¿Quién sabe en qué teléfono móvil estaré? ¿Quién me dice que no volverán a colgarme?». Le preocupa y con razón. Hasta hoy ha eliminado todos los vídeos con su nombre, pero los anónimos son imposibles de controlar.

El que grabó a María en el baño puede perder más que una amiga. Se le acusa de un delito de revelación de secretos a través de internet y de otro contra la libertad sexual, por lo que podría terminar su aventura entre rejas si uno se atiene a la jurisprudencia. En mayo, un tribunal de Gijón condenó a tres años y medio de cárcel a un hombre por mostrar a sus amigos escenas de sexo con su ex pareja grabados sin el consentimiento de ella. Ni siquiera había subido los vídeos a la web. Tuvo que pagar a la víctima 2.500 euros y tendrá que mantenerse alejado de ella durante cuatro años. Un tribunal de Santander se ocupó en noviembre de otro individuo que había puesto en la red Tuenti 12 fotos de su ex novia en cueros. María espera para su 'amigo' una sentencia ejemplar.

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