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| Huguette Clark, la millonaria asocial |
| 27.05.11 - CARLOS BENITO | |||
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Ha muerto a los 104 años Huguette Clark, rica heredera estadounidense que se retiró de la vida pública hace ocho décadas Le faltó poco para conseguirlo. Hasta el año pasado, cuando una serie de reportajes periodísticos reavivó el interés sobre su esquiva figura, todo el mundo daba por hecho que la multimillonaria Huguette Clark estaba muerta desde hacía mucho tiempo. Parecía lo lógico: había nacido en 1906, no se conocía ninguna foto suya desde 1930 y prácticamente nadie la había visto en medio siglo. De no ser por la indeseada popularidad que trajeron aquellos artículos, su fallecimiento a los 104 años -ocurrido el martes en un hospital de Manhattan, donde estaba ingresada con nombre falso- habría pasado seguramente desapercibido, como ella quería, como aspiró a vivir. En la historia de Huguette bastan dos generaciones para remontarse a 1839, el año en el que nació su padre: William Andrews Clark era un granuja pelirrojo que se forró con la minería del cobre e incluso llegó a comprarse el cargo de senador. El escritor Mark Twain le describió como «una vergüenza para la nación americana». Huguette creció en una mansión de extravagante opulencia que su padre mandó construir en la Quinta Avenida neoyorquina: tenía 121 habitaciones, cuatro galerías de arte -con pinturas de Rembrandt, Rubens o Tiziano- e incluso un colosal órgano. La joven Huguette hacía vida social con los Rockefeller o los Guggenheim, llegó a casarse y, dos años después, se divorció: su última imagen corresponde, precisamente, a aquel día de agosto de 1930 en el que puso fin a su breve matrimonio. A partir de ahí, optó por desaparecer y recluirse, primero junto a su madre y, tras la muerte de esta, sola. Contaba para ello con uno de los mejores apartamentos del mundo, una planta y media de un edificio con vistas a Central Park, y también disponía de una fortuna estimada en 500 millones de dólares, aunque no le sacase mucho partido: según el canal MSNBC, las tres tareas más importantes de su asistenta eran prepararle la comida -habitualmente, sardinas de lata-, lavar y planchar los vestidos de su imponente colección de muñecas francesas y grabarle algunos programas de televisión, sobre todo 'Los Picapiedra'. En su casa de California, el servicio recibía de vez en cuando instrucciones manuscritas para que todo estuviese en perfecto estado de revista, pese a que Huguette no visitó la propiedad en más de medio siglo. Una vez llegó a reclamar la presencia del cuidador en Nueva York, pero, tras hacerle cruzar el país, lo tuvo esperando un rato y no quiso verlo. En los últimos veinte años, según se ha sabido, había decidido trasladarse a un hospital, donde vivía junto a sus muñecas, sin otro contacto humano que el de enfermeras y abogados. Los periodistas habían alertado sobre su indefensión, después de que se vendiesen misteriosamente piezas de su patrimonio como un Stradivarius de cuatro millones de euros. Pero, en realidad, fueron ellos quienes le arrebataron su posesión más preciada, ese anonimato que siempre persiguió como el mayor lujo. ![]()
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