Último vídeo de ocio

Portada Sociedad Los vecinos de la familia Matas, furiosos
Sociedad
Los vecinos de la familia Matas, furiosos
( 0 Votos )
04.04.10 - ARTURO CHECA

El cabreo de la calle con los Matas contrasta con la discreción de los otros residentes del famoso palacete y de las lujosas tiendas donde gastaban el dinero

Mi vecino Jaume

Un hombre con un maletín pasa junto al palacete que alberga el lujoso ático de Matas. :: JOSÉ RAMÓN LADRA

El juzgado de instrucción número tres de Palma ya no es sólo el juzgado de instrucción número tres de Palma. Ahora también es el «hogar del chorizo». Tres palabras que hablan por sí solas garabateadas a rotulador por una mano anónima en una placa junto a la entrada de la sede judicial. Nadie las borra. Ni los empleados de la limpieza, ni los trabajadores del juzgado. Mucho menos los ciudadanos de a pie. Todos las consienten. Los mallorquines aceptan el sambenito, hacen gala de la vergüenza colectiva de un pueblo afrentado. «No son los políticos los corruptos, es la sociedad la que está enferma». Hace 17 años que se pronunció esa frase. Su autor, Jaume Matas Palou (Palma, 1956), recién llegado al sillón de consejero de Economía de las Islas Baleares. Más de una década después, el hijo de un tendero de electrodomésticos republicano ha traspasado varias veces el quicio de la legalidad y el de la puerta del juzgado junto al que luce la clarificante pintada. A sus espaldas, una decena de acusaciones de corrupción y el rechazo de sus conciudadanos. Frente a él, la celda entreabierta de la cárcel si no reúne antes del miércoles tres millones de fianza.

En Mallorca pocos dudan que lo logrará. Ana lo tiene claro. La colilla de un cigarrillo se consume entre sus dedos mientras otea bajo su gorra de la Legión el ir y venir de una veintena de periodistas junto al juzgado. Frunce el ceño de un rostro joven pero agrietado por una vida de penurias. Se mueve entre cámaras con un ajado pantalón de chándal y un sucio poncho gris y blanco. Hasta que estalla: «¡No hay derecho! ¡Yo robo una barra de pan y voy directa a la cárcel!». Gira sobre sus talones y se va a su hogar, entre cartones en el casco antiguo de Palma.

Ana es indigente.

Ana es 'vecina' de Matas.

Ana se cobija como puede de la húmeda noche mallorquina en estrechas calles como la de Sant Feliu. Allí, en la planta noble de un palacete medieval tasado por Hacienda en 2,5 millones (Matas pagó 950.000 euros), se enclava un ático de 500 metros cuadrados, suelos de mármol y madera, bañeras de piedra viva, baños turcos, jacuzzis, paredes con una treintena de obras de arte, armarios con medio centenar de pares de zapatos femeninos sin estrenar y 150 trajes, una bodega con 500 botellas de vino (50 de Vega Sicilia), unas antiguas caballerizas convertidas en un garaje de 60 metros cuadrados y un sofisticado sistema de control de iluminación de la firma Lutron valorado en 7.000 euros. O escobillas de baño del modelo Lulú a 375 euros, la gota que colmó el vaso del cachondeo y la indignación en la isla. Es la lujosa y polémica morada de Jaume Matas. De él y de su esposa, Maite Areal («mi princesa», como la definió en una entrevista para la prensa rosa), imputada también en el caso y que empuñaba billetes de 500 para pagar, buena parte en negro, los 400.000 euros que sufragaron la fastuosa reforma y decoración dirigida por ella misma entre 2003 y 2007.

Una férrea puerta de madera de doble hoja y cuatro metros de alto destaca imponente cuando uno se aproxima por el adoquinado de la calle peatonal. El palacete medieval de fachada renacentista tiene el portal ornamentado con motivos manieristas. Leones alados, un escudo heráldico, angelotes... y bustos en cada una de las dos columnas que escoltan el acceso. Irónico. Son Adán y Eva. Con la serpiente en el remate. El pecado original, la génesis del mal entre los hombres. No es la única ironía del destino. La Sindicatura de Comptes, el organismo encargado de fiscalizar las cuentas públicas, tiene su sede en el mismo palacio de Can Sales Menor. Puerta con puerta con Matas.

«Lo siento, no os puedo decir nada»

Otros siete vecinos comparten palacete con el ex presidente del Govern. Andan esquivos con la prensa. En el despacho de arquitectos Zanobia, propietarios iniciales de la vivienda, remiten a una posterior llamada que nunca llega para hablar del tema. A media tarde, el portal se abre. Una imponente verja de hierro se vislumbra como otra barrera en un zaguán con molduras de madera en el techo. Sólo un Renault Clio bastante antiguo se ve aparcado en el interior. No tiene pinta de ser de Matas. Una joven sale con su moto. Bajo el casco, sus ojos miran con recelo al reportero al ser preguntada. No está bien visto mentar la bicha en casa del ahorcado. «Lo siento, no os puedo decir nada», dice la discreta vecina. Idéntico mutismo por los telefonillos del portero automático. «No vemos ni luces ni sombras en su casa». Hace tiempo que el matrimonio Matas-Areal no hace vida en el palacete. El ex ministro de Medio Ambiente del PP -acaba de darse de baja del partido- puso tierra de por medio al marcharse a Nueva York como asesor de PricewaterhouseCoopers, con 700.000 euros de sueldo anual. Estalló la 'bomba' y por allí no se le ha vuelto a ver el pelo. En los apenas 100 metros de la calle Sant Feliu hay otro puñado de casas señoriales, deshabitadas o casi abandonadas. No hay dinero para reformarlas. Unos cuantos bares, una zapatería cerrada a cal y canto, un despacho de abogados, una panadería, una farmacia, una peluquería, una ermita del siglo XII reconvertida en galería

de arte y una academia de francés en la que no quieren hablar de nada más allá del 'oui' o el 'au revoir'. Todo eso completa el trazado del que fuera el barrio de los Matas. El matrimonio callejeaba poco por allí. Ensaimadas y pastas adornan el escaparate del horno D'es Reco. «Alguna vez compró el pan aquí, pero hace ya más de dos años que no lo veo», explica su dueña enfundada en un delantal blanco. Maite Areal frecuentaba la farmacia cercana a su casa. «Venía aquí con sus recetas. Era una persona muy correcta», recuerda Merche Juan, la boticaria.

«Correcta», el único 'halago' hacia la pareja que este reportero escucha de boca de los palmesanos. La sociedad balear clama indignada en cada esquina. Un griterío mana de una parada de autobús junto a la plaza de España. Basta acercarse para comprobar que un anciano y un joven debaten intensamente sobre dinero negro. En un quiosco de la céntrica avenida Alemania, dos jubilados dialogan ante las primeras planas, copadas por el caso Matas. «Nosotros no podemos arreglar nada». En una parada de taxis junto a la catedral, dos taxistas no se deciden. «¿Votamos a los que no saben qué hacer en el Gobierno o a los que sí saben pero nos roban?». Mallorca bulle. «La politización de la vida cotidiana no tiene precedentes. Nunca antes se habían visto manifestaciones contra la corrupción en la calle ni tantas muestras de indignación a tan diferentes niveles. Aunque se ha focalizado mucho la corrupción en la figura del ex presidente y poco en la cultura política y manera de gobernar en las islas», teoriza el sociólogo Joan Amer, profesor de la Universitat Illes Balears. Un reciente sondeo de la Fundación Gadeso muestra hasta qué punto angustia la situación a los isleños. Para el 43% de la población, corrupción y clase política son una misma cosa. Casi el mismo porcentaje de preocupación que por el paro (49%), cuando en España el desempleo quita el sueño al 78% de los encuestados.

Miles de euros en una tarde

Nuevo paseo junto al palacete. En la calle Sant Feliu nadie ha visto ni un euro del supuesto enriquecimiento ilícito de Matas y señora. «Por aquí no vinieron. No se dejaron los millones aquí», ironiza la encargada de la galería de arte Kewenig. Ni un mal café se tomó Jaume en el bar Ca'n Martí. «Yo lo vi un par de veces por la calle. A ella, igual se cruza ahora y no conozco su cara. Dicen que ha pasado por el quirófano alguna que otra vez...», apunta malicioso Antonio mientras sirve un cortado. No es el único rumor que corre a voces por la isla. Otro apunta a que Maite Areal sufrió el robo de una bolsa de El Corte Inglés un día que andaba de compras. Jamás lo denunció. Dicen que iba repleta de billetes de 500 euros. La 'princesa' se conocía al dedillo la 'milla de oro' mallorquina, las tiendas más exclusivas en el paseo del Born o la calle Jaume III. Era discreta. La Guardia Civil ha peinado todas las tiendas exhibiendo fotos de sus amigas a los comerciantes. Pocas veces iba en persona. Y si lo hacía, hasta regateaba. Se lo puede permitir alguien dispuesta a dejarse 50.000 euros en una compra. El paquete comprendía un anillo de oro de 18 quilates, un Cartier de señora (modelo Tank Allongée) y un Rolex Daytona con bisel de diamantes y estela de nácar (23.000 euros sólo este último). Lo adquirió en efectivo en una relojería alemana de Jaume III. Un educado silencio es la respuesta del local a las preguntas de V. Idéntico mutismo en una tienda de mobiliario de la calle Sant Nicolau señalada como destino habitual de los billetes de los Matas. Casi en 45.000 euros valora la Fiscalía los dos sofás Cassina en ocre, la butaca Capellini y el espejo de Philippe Starck hallados en el palacete. «Es un dato confidencial por ley, ¡y ellos compraban por todo el centro!», es la peregrina explicación de la nerviosa dependienta.

Al norte de la ciudad está el Palma Arena, el meollo del embrollo, el velódromo en cuya construcción se investiga el desvío de 50 millones. Casi desierto. Apenas se escucha mucho más que el embate cadencioso de las cuerdas contra mástiles vacíos. En uno de ellos ondea andrajosa una bandera de Baleares con un tremendo agujero. Un empleado municipal recoge hojarasca en un jardín. Responde con ganas cuando se le pregunta, aunque sin dar su nombre. Le va el jornal en ello. Y lo suyo le cuesta. «Los ayuntamientos están sin un duro. A nosotros muchos meses no nos pagan cuando toca. Y esta gente, jugando con nuestro dinero».

A medio camino entre el Palma Arena y el palacete de Matas, las Hermanitas de los Pobres hacen su callada labor en su Casa de Ancianos. Cuidan a 80 mayores sin recursos. «Si tienen dinero o piso, no los cogemos», explica la recepcionista. «Llámeme hermana, sólo hermana», dice al preguntarle su nombre. Dos de ellas regresan a comer tras toda la mañana pidiendo limosna. Y vuelta a la calle. Responde piadosa cuando se le interroga por la que está cayendo. «A nosotras no nos han quitado nada, y gracias a Dios a los ancianos tampoco les falta de nada. Rezamos mucho por ellos». Quizás sea la única ayuda que le quede a Matas en su isla.

laverdad.es