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Qué perra es la guerra, amigo
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09.09.12 - JULIÁN MÉNDEZ
Qué perra es la guerra, amigo

Panzer acompaña en el coche a Brad Schwarz, un veterano de la guerra de Irak que vió arder a sus cuatro compañeros de blindado.

:: FOTOS: SCOTT OLSON/AFP

El sargento Brad Schwarz, del Ejército de Estados Unidos, volvió a nacer, esta vez en Irak, una mañana de otoño de 2008. Ese día, el Humvee blindado en el que patrullaba, fue alcanzado de lleno por un IED, un artefacto explosivo improvisado confeccionado con toneladas de viejos obuses y proyectiles. El vehículo artillado en el que viajaba Schwarz ardió como una pira. Sus cuatro compañeros murieron achicharrados ante sus ojos y él sufrió quemaduras, lesiones vertebrales y una severa conmoción cerebral. Al sargento Schwarz le quedaban apenas diez días para volver a casa tras completar su segunda estancia de quince meses en Irak. Todo un veterano. Schwarz regresó, sí, pero al hospital. Además de las secuelas físicas, que todavía le obligan a caminar con bastón, de la pérdida de memoria, de los ataques de pánico y de las pesadillas que le asaltan cada noche, el sargento Schwarz se sumió en una vorágine que le llevó a asomarse a las drogas y al juego y que terminó con su vida familiar. «Olvidaba sus citas y compromisos, bebía y perdió todo su dinero... Eso, por no hablar de los terrores nocturnos, del insomnio, de las crisis de llanto que le asaltan durante horas y horas cada vez que se cumple el aniversario de la muerte de uno de sus camaradas», explica Sandra, su madre. Los médicos del Ejército han bautizado a ese conjunto de dolencias con el nombre de trastorno de estrés post-traumático. Se calcula que entre el 13% y el 20% de los 2,6 millones de soldados estadounidenses destinados en diversos periodos en Irak y Afganistán desde 2001 padecen hoy las consecuencias de haber vivido una guerra. O dos. El estrés de los veteranos se ha convertido en una auténtica preocupación nacional a la que se destinan ingentes fondos para tratar de mitigar sus devastadores efectos en estas almas enfermas.

Brad Schwarz forma parte de uno de los programas experimentales de ayuda más curiosos. Le han entregado un perro pastor alemán que él, veterano de una división acorazada, bautizó como Panzer en recuerdo a los blindados alemanes de la II Guerra Mundial. «Luché por América en Irak y ahora Panzer está luchando por mí, siendo mi amigo y ayudándome a que me enfrente a las secuelas de la guerra», se emociona el militar mirando a los ojos de su fiel compañero.

El pastor alemán fue educado en el centro Pack Laether Academy de Chicago, una academia que dedica parte de sus instalaciones al adiestramiento de canes de ayuda para veteranos de guerra. Así descubrimos que no solo hay perros guía o lazarillos, sino que animales como Panzer, además de dar compañía y consuelo, son adiestrados para despertar a los soldados cuando sufren pesadillas, les recuerdan que deben tomar sus medicinas o se acercan a sus dueños cuando advierten que pueden ser víctimas de un ataque de pánico para recibir mimos. «Cuando una persona se concentra en acariciar a un perro aumentan sus niveles en sangre de oxitocina, una sustancia química que calma el miedo. Cuidar a una mascota también ayuda a las personas a ser más seguras y autosuficientes», explica Hal Herzog, profesor de Psicología en la Western Carolina University.

Panzer forma parte de un experimento llevado a cabo por el Hospital de Veteranos James A. Haley y que estudia los posibles beneficios del emparejamiento de perros y soldados estresados. La iniciativa cuenta con la recomendación del Congreso de EE UU, que dio luz verde a un proyecto que ahora dispone de 17 de los 200 perros ya adiestrados.

Pero Brad Schwarz no necesita explicaciones científicas. Sabe lo que siente cada vez que Panzer se frota contra sus piernas, mueve su rabo con frenesí o aparece con la correa en la boca para que le saquen de paseo. «El perro me ha cambiado la vida. En el Ejército todo el mundo tiene un camarada, un compañero de sangre. Así es Panzer para mí ahora», dice el veterano de guerra. Schwarz perdió a sus colegas en el blindado y no pudo despedirse del pelotón con el que compartía amistad y tatuajes. Grabado para siempre en la piel de su espalda aparecen las palabras de Shakespeare, que el almirante Nelson empleaba para arengar a sus hombres y que Steven Spielberg introdujo luego en su serie 'Hermanos de sangre'. «Todo aquel que vierta su sangre junto a mí, será mi hermano».

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