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Mi reino por una... ¿mujer?
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08.04.12 - ISABEL IBÁÑEZ
 Mi reino por una... ¿mujer?

Wallis Simpson posa junto a su tercer esposo, Eduardo VIII. :: MAX ROSSI/REUTERS

La oscarizada 'El discurso del rey' recuperó, aunque sea de refilón, la historia de Eduardo VIII -el rey que abdicó en 1936 por amor en favor de su hermano Jorge VI, el tartamudo-, y Wallis Simpson, la americana divorciada con aspecto andrógino y magnetismo aplastante, que se convirtió en un icono de su tiempo. 'Yonqui' de las fiestas, comehombres, víctima... Wallis ha vuelto a ser objeto de una biografía que insiste en los rumores sobre su «seudohermafrotitismo», lo cual, según Anne Sebba, autora de 'Esa mujer', explicaría su físico y muchos de sus comportamientos. El libro incide en su sapiencia en el tema sexual y despoja de romanticismo a una legendaria historia de amor gracias a las quince cartas inéditas que aporta: las que escribió a su segundo marido, incluso cuando estaba de luna de miel con el tercero, el duque de Windsor, al que en secreto llamaba 'Peter Pan' por su infantilismo.

El libro se titula 'Esa mujer' por cómo se refería a ella la reina de Inglaterra, y sin duda también para 'jugar' con lo que siempre se dijo: que era en realidad un hombre. No es esto exactamente lo que postula la autora, que sí ofrece varias posibilidades para la Wallis de voz ronca y ojos azules zafiro, andrógina, alejada de los cánones clásicos de belleza... aunque coqueta como la que más. Baraja hipótesis como que Wallis hubiera nacido «con genitales ambiguos». O que podría tener «alguna forma de genitales masculinos y una vagina menos profunda de lo normal, pero sin útero ni ovarios».

Uno de los biógrafos de la reina María, James Pope-Hennesey, escribió sobre ella en su diario: «Es una de las mujeres más raras que he visto. Tiene un aspecto extraordinario. Es plana y angulosa (...). Me sentiría tentado de clasificarla como una mujer americana 'par excellence'... si no fuera porque sospecho que no es una mujer». La escritora echa mano de su compleja personalidad y comportamiento, que podría explicarse por este trastorno: «Uno de los modos más eficaces de reafirmar la feminidad en estos casos es la capacidad de dar a los hombres un placer sexual intenso. Proporcionar un placer intenso puede llevar a manipular a los hombres para complacerlos. El sexo vaginal es posible, aunque la vagina sea poco profunda, pero hay otras prácticas como el sexo oral».

También incide en «cuán experta era en hacer sentir a un hombre que era el único en su vida», con lo que lograba que ellos cayesen hechizados. Y aunque se pone en duda la existencia del llamado 'Dossier China', donde habrían quedado recogidas sus lascivas experiencias cuando estuvo con su primer marido en aquel país, la propia Wallis admitió que su esposo la llevó a «casas 'sing-song': lugares de entretenimiento en que se distraía a los clientes con canciones eróticas, música y baile como preludio al sexo». «Si Wallis -dice la autora- frecuentó esos lugares, donde también se ofrecía opio y la posibilidad de jugar, puede que también visitara burdeles y quizá aprendiera de las prostitutas chinas alguna técnica oriental antigua para dar placer a los hombres».

Obsesión por el peso

Destaca además que nunca tuvo hijos, desechando los rumores sobre un supuesto embarazo y un aborto mal curado: «Casi todas las mujeres sin hijos que escriben sus memorias (...) se refieren en algún momento al anhelo de tenerlos. La decisión de Wallis de no hablar del tema, aunque tuviera que mentir sobre aventuras ginecológicas o abortos, sorprende». También explica su obsesión por la delgadez: «No engordar siempre fue de vital importancia para evitar tener un aspecto masculino, recio, sin cintura. Controlar su peso con una disciplina rígida fue cuestión de supervivencia».

La obra aporta un dato cuando menos sorprendente: Wallis no se acostó nunca con sus dos primeros maridos. Eso es lo que ella confesó a un amigo íntimo. Según queda recogido en otra biografía, «no había permitido que nadie la tocase por debajo de lo que denominaba su línea Mason-Dixon personal», como se conoce a la franja que separa los estados del norte y del sur de EE UU.

Pero casi lo más sorprendente es que aquella historia de amor con el el duque de Windsor no lo fue tanto por parte de ella. Él mostraba la obsesión de una mente enferma, un eyaculador precoz al que gustaba llamar mamá a sus parejas y que también estaba obsesionado con el peso hasta rozar la anorexia. Anne Sebba deja entrever que ella pensó que su pasión solo duraría unos años, sin saber que sería para toda la vida. Queda constancia de ello en las cartas inéditas que Wallis escribió durante el viaje de novios al que era su segundo marido, Ernest Simpson, y donde le dice cosas como ésta: «Pienso muchísimo en nosotros, aunque trato de no hacerlo». O incluso antes, justo después de la abdicación: «Ernest, nada de este lío... es cosa mía. Es el nuevo plan de Peter Pan. Te echo de menos y me preocupo por ti (...). Oh, querido, qué bonita, fácil y simple era la vida. ¿A que todo es horroroso, incluida la pluma?».

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