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El diablo de Ramadi
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05.02.12 - ARTURO CHECA

A los 8 años ya jugaba con una pistola. Hoy carga con 255 muertes a sus espaldas. Chris Kyle, el francotirador más letal del Ejército de EE UU, relata en un libro sus 'cacerías'

El diablo de Ramadi

Cada año caían bajo el fuego de su rifle Lapua Magnum unas 25 personas. Es la media que surge de dividir las 255 víctimas abatidas a tiros entre sus diez años de servicio en los Navy Seals, el cuerpo de élite que asaltó la guarida de Osama Bin Laden y acabó con su vida. Son las cifras del diablo de Ramadi. Así lo han bautizado los talibanes. Para ellos es 'al-Shaitan', el mismísimo demonio. Y han puesto precio a su cabeza: 60.000 euros. Muerto o vivo. Mejor lo segundo... El Pentágono rebaja su estadística a 160 víctimas, pero en cualquier caso, Chris Kyle, exmiembro del pelotón 'Charly', es un héroe al otro lado del charco. También hay que piensa que es, simplemente, un desalmado asesino. Una cosa u otra, las cifras no mienten: no ha habido otro combatiente más letal en la historia del Ejército de Estados Unidos. Y ahora se forra con su libro 'El francotirador estadounidense' (Harper Collins, 2012) y va narrando sus peripecias de plató en plató.

A Chris Kyle (Texas, 1974), lo del gatillo le viene casi de cuna. Su Odessa natal es tierra de cowboys, de tipos rudos, paisajes polvorientos y juegos tempranos a lomos de caballos y búfalos. Y Chris no tardó en iniciarse en todo ello. Hijo de un diácono y una maestra, a los 8 años consiguió la primera pieza de su arsenal: su padre le regaló una pistola. Con 10, nada más soplar las velas, descubrió alborozado que aquel paquete envuelto en papel de estraza contenía otro de sus sueños: un rifle Springfield. Al año siguiente añadió una escopeta a su colección y empezó a cazar con su padre venados, faisanes y codornices. Y no tardó en comprobar que pegar tiros era lo suyo... «Podía acertar a cualquier cosa. Y sentía algo especial con un arma en las manos», recuerda hoy desde su Texas natal.

La semana del infierno

Antes de subirse a la élite de los Navy Seals, tuvo tiempo de conocer el rudo oeste americano. Sin medias tintas. Y se afanó en otra de las grandes pasiones de los texanos: el rodeo. Chris Kyle llegó a vivir durante unos años como profesional de la monta de caballos broncos, y se alzó con varios campeonatos nacionales. Hasta que en 1999, el 'tío Sam' tocó a su puerta.

Sus compañeros lo llaman 'La Leyenda'. Pero para el demonio de Ramadi no fue fácil entrar en las fuerzas de operaciones especiales de la Armada. Ni para él ni para nadie. De cada 100 norteamericanos que lo intentan, 80 no lo consiguen. Hay que superar dos años de pruebas físicas y mentales salvajes. Como las de hacer cien flexiones y abdominales en menos de dos minutos. O correr 2,5 kilómetros en siete minutos (el récord mundial de 3.000 metros está en siete minutos y veinte segundos) y nadar 600 en menos de trece. O sobrevivir a la llamada 'semana del infierno' en Colorado, cinco días en los que aspirantes a Navy Seals duermen una media de cuatro horas, bucean en aguas heladas y nadan atados de pies y manos...

Chris Kyle lo hizo. Y su destino fue el avispero de Irak durante la segunda Guerra del Golfo, en 2003. Ahora recuerda a todas las personas a las que ha disparado. Solo Simo Häyä -rebautizado como 'Muerte Blanca'-, un francotirador finlandés ya fallecido, le supera: mató a 505 rusos durante la II Guerra Mundial. Pero de la mente del militar texano no se borra la primera vez que tuvo en su mira a un ser humano y apretó el gatillo: el día que disparó en la cabeza a una mujer iraquí. Sus compañeros avanzaban por tierra en una ciudad sitiada. Él permanecía en una azotea a varios cientos de metros. Por el visor de su rifle telescópico vio que un grupo de niños se acercaban a la patrulla. También había una mujer con una granada en la mano... «No sabía si iba a ser capaz de hacerlo. Fueron décimas de segundos. La vi a ella. Vi la granada. Pensé si al volver a mi país no acabaría en la cárcel. Pero ella tomó la decisión por mí. Era ella o mis compatriotas. Y apreté el gatillo».

Las historias son muchas, hasta completar 255 muertes. En 2008, a las afueras de la ciudad de Sadr, abatió a un talibán que apuntaba con un 'bazooka' a un convoy yanqui. El objetivo se encontraba a 1.900 metros. Solo Craig Harrison, un marine británico apodado 'El Asesino Silencioso', ha alcanzado a alguien desde más lejos: otro talibán al que mató en Afganistán a 2,4 kilómetros.

Chris Kyle no se arrepiente ni un ápice del reguero de muertes que ha dejado a su paso. Solo en la cruenta batalla de Faluya se calcula que mató a 40 personas. Pero él se siente orgulloso de su labor. Basta leer la leyenda del escudo que lucía en la guerra, una calavera negra con un clarificador eslogan: «Olvida lo que tu madre te dijo... La violencia resuelve problemas». Y él mismo lo refuerza con sus palabras: «No soy de los que idealiza la guerra, no soy tan ingenuo. Allí he pasado los peores momentos de mi vida. Pero al mismo tiempo ha sido mi sueño. Me hubiera gustado matar a más gente. El mundo es mejor sin esos salvajes. Cuando me encuentre cara a cara con Dios, tendré muchas cosas de las que dar cuenta, pero no de estas muertes».

El sufrimiento de Taya

El Navy Seal texano es una excepción a la regla más extendida en este colectivo. Los francotiradores suelen ser los menos propensos a deshumanizar a sus víctimas y a sufrir remordimientos, según un informe del Ejército de Israel. A través de la mira telescópica los ven de cerca, los observan a veces durante horas, convierten al anónimo enemigo en personas con rostro. Aunque también suelen ser los militares más fríos: los francotiradores sacan las puntuaciones más bajas en los tests de estrés postraumático. «Es una sensación extraña. Al ver un cuerpo muerto, piensas... ¿Lo he causado yo? Pero eso es todo...», se despacha Kyle.

'Al-Shaitan' dejó el Ejército en 2009. O eso, o su mujer y sus dos hijos renegaban de él. «El trabajo estaba acabando con mi matrimonio». Taya, su guapa esposa, aguantó pacientemente durante una década. «Yo era incapaz de pedirle que parara. Era el trabajo de su vida», confiesa su esposa. Pero su aguante estaba llegando al límite. «Mi corazón no podía más. Y nuestra vida estaba cayendo en picado».

Pero el responsable de casi tres centenares de 'ejecuciones' no podía acabar precisamente de oficinista. Ahora está al frente de Craft International, una empresa de formación de mercenarios, buscadores de guerra y soldados de fortuna. Chris Kyle fundó la consultora militar para transmitir a paramilitares y empresas de seguridad privada todo lo aprendido en las revueltas calles de Bagdad, Faluya y Ramadi. Los que han escuchado sus letales 'lecciones' dicen que siempre comienza con la misma frase: «Nunca pongas el dedo en el gatillo a no ser que estés preparado para acabar con la vida de quien tienes delante». Palabra del diablo de Ramadi.

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