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Los urbanitas se apuntan a la moda de cultivar en sus balcones
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17.05.10 - :: BORJA OLAIZOLA
¿Te llevo  al huerto?

Un horticultor urbano despeja de brotes secos la tomatera de la variedad 'cherry' que cultiva en la terraza de su casa.

Intoxicaciones, productos transgénicos, abonos químicos de síntesis, tierras contaminadas… Glups. Comerse un tomate adquirido en una gran superficie después de haber echado un vistazo a las noticias del día requiere cierto temple. Hace tiempo que la productividad se ha convertido en la única divisa de la agricultura industrial. «Los principales criterios para que una semilla salga adelante son que sus frutos sean resistentes a los herbicidas y que aguanten los grandes viajes sin que repercutan en su aspecto», observa Jabier Herreros, agricultor aficionado y autor del libro 'Tu huerto en casa'. A estas alturas a nadie le extraña ya comprobar que ese fruto de apariencia lozana que resplandece en la estantería resulta una rotunda decepción en el paladar. Es más, hay quien relaciona el aspecto del vegetal con su calidad y asegura que conviene sospechar de las piezas que tienen una presencia demasiado 'redonda'.

La búsqueda de alimentos libres de sospecha puede ser una de las razones que explique el auge que en los últimos tiempos ha adquirido el cultivo en casa de productos hortícolas. Macetas y jardineras se llenan de lechugas o plantas de tomate y donde antes lucían geranios o claveles brotan ahora las flores que anuncian la aparición de un calabacín. El fenómeno ha tenido una especial incidencia en las zonas urbanas, donde la falta de espacio hace imposible disponer de huertos convencionales. «La demanda de plantas de huerta para macetas se ha disparado en los tres últimos años», dice José Ignacio Inciarte, propietario del vivero más antiguo de San Sebastián. «El año pasado tuvimos que duplicar los pedidos porque nos quitaban literalmente de las manos las plantas y varios días llegamos a quedarnos sin existencias».

En los malagueños viveros Guzmán han notado también un fuerte tirón en las últimas temporadas: «Hay unos kits especiales para minihuerto con unas pequeñas bandejas con escarolas y lechugas que están teniendo muy buena salida, sin hablar ya de la demanda creciente de las plantas de huerta tradicionales», explica Antonio Villanueva.

Fiebre hortícola

El fenómeno no se circunscribe a España. En todos los países europeos hay una fiebre hortícola que convierte terrazas y balcones en improvisados huertos urbanos. Es como si el gen agrícola que todos los humanos llevamos inscritos en nuestro ADN hubiese brotado en toda su intensidad después de haberlo ignorado durante generaciones.

Los especialistas ponen continuamente en el mercado nuevos intrumentos para mejorar el rendimiento de los cultivos. La última tendencia es la creación de huertos verticales en las fachadas. Pep Puig, socio de la empresa catalana Leopoldo, que comercializa a través de Internet unas jardineras especialmente diseñadas para el cultivo de hortalizas, explica que los pedidos se han disparado en los últimos tiempos. «Aquí no conocemos la crisis; en Navidades vendimos el triple que el año anterior y ahora estamos que no damos abasto porque nos están llegando muchos pedidos del norte de Europa», cuenta Puig. En su opinión, el auge de los cultivos hortícolas en el medio urbano tiene mucho que ver con la recuperación de los viejos valores humanistas. «Asistir al proceso de crecimiento de una planta que luego te va a alimentar es un ejercicio que contribuye a fomentar valores en desuso como la paciencia, el cariño por las cosas bien hechas o incluso la charla con otros que comparten tu misma afición», reflexiona.

Puig ha descubierto también que el cultivo de hortalizas se revela como una potente herramienta terapéutica. «Estamos colaborando con varias instituciones locales y hemos montado huertos en geriátricos o en residencias para enfermos mentales con resultados sorprendentes. Ves a un esquizofrénico que llevaba meses apático y sin hablar recuperar la motivación cuando la semilla de calabacín que plantó empieza a dar frutos o te das cuenta de que la salida de un tomate se convierte en una fiesta para los abuelos que están en una residencia. Desde luego -ironiza- resulta mucho más estimulante como terapia que el macramé».

Jabier Herreros, el autor del libro, está también convencido de que el cultivo de plantas alimenticias tiene una dimensión pedagógica que puede resultar muy provechosa en los tiempos que corren. «Además de procurarte unos alimentos, ejercitas la observación, la paciencia y también las relaciones humanas porque si tienes un problema o quieres aclarar alguna duda buscas ponerte en contacto con gente que comparte tu afición».

Plantas de ciclo corto

Los que dan el primer paso no suelen arrepentirse. «Es cuestión de empezar y poner una lechuga o una planta de pimiento en ese tiesto que tenemos medio abandonado en la ventana o en el balcón», anima Herreros. El especialista aconseja hacer el primer ensayo con plantas de ciclo corto que requieren escasos cuidados. «Una buena idea es comenzar con especies que no necesitan mucho tiempo para desarrollarse. Yo aconsejaría plantar al principio lechugas, rabanitos, acelgas o espinacas, y luego pasar ya a clásicos como los tomates, los pimientos o el calabacín».

Una de las dudas que surgen entre los principiantes es si conviene empezar plantando directamente la semilla o merece la pena adquirir el plantón en un invernadero o un mercado. «Lo más fácil es recurrir al plantón, que es lo que recomiendo al principio porque la planta de semilla suele ser algo delicada hasta que coge porte», dice Usoa Arin, que ha escrito el manual 'La huerta en casa'. «Lo ideal, ahora bien, es completar el ciclo y plantar en la siguiente temporada las semillas que se recolectan en la cosecha del año». Arin, que es ingeniera agrónoma, cree que el único requisito preciso para convertirse en horticultor urbano es la curiosidad. «Es una experiencia bonita y que además requiere poco esfuerzo en comparación con las satisfacciones que proporciona».

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