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Preservativos de tripas de cerdo y vejigas de cabra
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23.11.10 - FRANCISCO APAOLAZA

No siempre fueron de látex. Las gomas llevan miles de años en este mundo

 Tripas de cerdo  y vejigas de cabra

Condón de tripas (1813). :: IRMA

Minos, el semidiós cretense, se contagió de una venérea, a la manera de su época. Según la leyenda, su semen estaba contaminado con escorpiones. No le quedó otra que cubrirse el pene con una vejiga de cabra para evitar matar a sus parejas. Esa es la primera referencia que se conoce del uso de un preservativo, al margen de unas pinturas en las cuevas francesas de Les Combarelles con 15.000 años.

El sexo es sucio si se hace bien, dijo Woody Allen, que debió empaparse de la historia del condón, un artilugio imprescindible desde que los hombres fecundan a las mujeres y que con el tiempo se ha hecho más popular y también más limpio. En los tiempos mozos de los imperios egipcios ya se utilizaban intestinos de cerdo para evitar enfermedades, un lujo reservado a las clases altas. El mismísimo Tutankhamon tenía el suyo, un pequeño pellejo con lazo que se puede ver en El Cairo.

En las alcobas se vestían ásperos taparrabos con hojas de lino, pieles, tripas... Todos cosidos, lavables y sobre todo, reutilizables (antes había que soplar para comprobar que eran estancos). Los japoneses, que siempre tuvieron estilo, utilizaban papel de seda. Ni se imaginaban que el ser humano terminaría fabricando prendas hipersensibles de 0,6 milímetros de grosor, sabor a coco.

El condón era ya un asunto práctico, sobre todo cuando en 1500 entra en escena la sífilis, que trajo por el camino de la amargura las partes pudendas de las tropas durante siglos. Se trataba de una cuestión práctica, aunque la oposición de los más conservadores era la misma que hoy. En 1605, el teólogo Leonardus Lessius se pronunció: «El condón es inmoral». Incluso se empezaban a vislumbrar los argumentos que comparte la Iglesia hoy en día: en 1708, algunos médicos ingleses emprenden su campaña contra «la goma» por no ser 100% efectiva contra las enfermedades. Así se llamaba desde mediados del XIX, cuando se fabricaban carísimos -¡e inflamables!- condones en caucho para cuya fabricación un médico tenía que hacer el molde del miembro del comprador. Hasta 1929 no fueron de látex ni se fabricaron en masa. Ya se llamaban Durex.

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