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Once metros a vida o muerte
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27.04.12 - FRANCISCO APAOLAZA

La maldición de los penaltis unirá para siempre a Messi y Ronaldo. La pena es máxima. Los porteros solo tienen medio segundo para averiguar la trayectoria y las matemáticas dicen que el balón entra casi siempre

Once metros  a vida o muerte

Lo tira Cristiano. Esto es un seguro de vida», dicen por la radio. Tras 120 minutos agotadores de tensión, el Madrid y el Bayern de Múnich se juegan el pase a la final de la Champions en la tanda de penaltis. El Bernabéu se calla de súbito, congelado. Cristiano Ronaldo se adelanta, toma el balón y lo deja en el punto blanco. Mira al suelo mientras recula unos pasos. Se para. En los salones, las piernas tensan los gemelos, las gargantas carraspean secas como motores gripados y millones de manos sudorosas cruzan los dedos. El portero Neuer salta bajo el travesaño y levanta los brazos, como si citara a un toro. CR7 se adelanta, toma carrera. Gloria o tragedia. Ronaldo elige el palo izquierdo, tira baja, sesgada y Neuer hace un trabajo perfecto. Los gritos callan en seco. De cien a cero en 400 milisegundos. Es el comienzo del fin. Después fallan Kaká y Sergio Ramos, que chuta al cielo. En ese momento, a Cristiano Ronaldo y a Messi -que erró la víspera- les une ya la maldición de los penaltis, el fantasma del fútbol que decide la suerte sobre un abismo insondable de 11 metros de aire.

Lo curioso de que CR7 no le colara la bola a Neuer es que las había metido todas en los últimos 23 penaltis. Con el Madrid, ha marcado el 92% de todos los lanzamientos desde los once metros. Un chut suyo puede alcanzar los 103 kilómetros por hora. Incomprensiblemente, el miércoles por la noche disparó flojo.

También Messi, cuando se enfrentó a los brazos abiertos en cruz del portero Cech, las tenía todas consigo. Había lanzado 34 veces y solo había fallado ocho, pero para grandeza del deporte, el fútbol se merienda la estadística cuando le place.

La matemática dice que la bola entra. Delante del pie del jugador se abre una pradera con un túnel de 7,32 de ancho por 2,44 de alto con un hombre en el centro. Es un coladero, si se hace bien.

Un estudio de la Universidad de Extremadura dice que si se lanza entre el poste y los 90 centímetros de su lado (lógicamente dentro de la portería) a una velocidad de 70 kilómetros por hora, es gol. Si el jugador golpea el cuero a 75 kilómetros hora, el guardameta tiene menos de medio segundo para averiguar la trayectoria y decidir su respuesta. O lleva en la cabeza el microprocesador de un portátil y los ojos de una máquina, o le conviene elegir entre uno de los dos lados y saltar a tumba abierta. La decisión no es fácil, pero otros estudios -en esto hay literatura científica para llenar una furgoneta- indican que la pista por la que se guían los cancerberos es la posición de la cadera del que chuta.

Con estas normas se han regido millones de disparos desde que inventara la pena máxima William McCrum en 1890, en Milford (Irlanda del Norte) y muchos se han querido inventar atajos más o menos ocurrentes y con mayor o menor suerte. Véase la capacidad del brasileño Sócrates para meterlos de tacón con la 'canarinha' de los ochenta. O el célebre gol del checo Panenka en la Eurocopa de 1976, cuando coló un globo, una vaselina por encima del portero, y cómo se arriesgaron a imitarle Torri o Zidane en la final del Mundial de 2006. A Johan Cruyff con el Ajax se le ocurrió, en cambio, tocar a la izquierda, y dejarla en los pies de su compañero Olsen, que a su vez se la devolvió para que marcara ante la portería sola. Intentó de nuevo la obra de ingeniería Robert Pires, en 2005 en un Arsenal-Manchester, pasándosela a Thierry Henry, pero el balón nunca llegó a sus pies. Un desastre. Unos lloraron y otros se partieron de risa. La magia es esa parte mínima que se le escapa a la ciencia, cuando el juego no sabe nada de números, ni de estadísticas ni de las posibilidades de que las cosas salgan bien. En algún rincón de la masa encefálica de CR7 merodea la razón por la que ha fallado en otras dos ocasiones vitales para su equipo. El 23 de abril de 2008, jugando para el Manchester United una semifinal de la Champions contra el Barça en el Camp Nou, tiró fuera una pena máxima. Su equipo ganó. Unas semanas después, el 21 de mayo, en la final de la Liga de Campeones contra el Chelsea, en la tanda de penaltis, volvió a fallar. Algunos ya hablan de que en las ocasiones clave, a esa máquina de carne concebida para meter goles le puede la presión.

«Hay que creérselo»

El exportero y seleccionador sub-19, Julen Lopetegui, acostumbrado a vivir el duelo del 'far west' desde debajo de los palos, es comprensivo con los delanteros. A su juicio, pese a que los que golpean la bola tienen la matemática de su parte, los porteros llevan las de ganar: «Lo normal es que entre, así que si te meten un gol no te señalan especialmente, pero si lo paras eres un héroe», admite. Y al contrario. Si yerra el que chuta... Véase la que le ha caído a Sergio Ramos (abajo, en la página). Lopetegui tenía sus trucos. Conocía bien a sus rivales. Sabía hacia qué lado solían tirar y les comía la moral. «Les decía cosas, que si 'Tíralo donde siempre' o 'Ya sé a qué lado vas a tirar'... Les recordaba que les conocía o lo que se estaban jugando». El guipuzcoano comprende el hundimiento de 'Titanics' del fútbol como Cristiano o Messi. «Cuando están en esas circunstancias se les encogen los pies». No es cobardía. Mou lo dejó claro: «Fallan los que tienen huevos».

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