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| Guernicas del siglo XXI |
| 26.04.12 - MIKEL AYESTARAN | |||
![]() La noche se rompió y empezaron a escucharse los sonidos de la guerra en Tiro, la localidad libanesa más próxima a la frontera con Israel. Hizbolá lanzó uno de sus cohetes 'katiusha' muy cerca del centro urbano. Inmediatamente llegaron los helicópteros israelíes, las ráfagas de las baterías antiaéreas del Ejército libanés y, por último, los aviones supersónicos haciendo vuelos rasantes. Cada vez que pasaban por encima de la casa, nuestros corazones aterrorizados multiplicaban sus latidos por mil. Después de seguir por televisión las guerras de los Balcanes y las del Golfo, y escuchar los días anteriores las explosiones al sur de Beirut, por fin veía la guerra con mis propios ojos. Los dos helicópteros Apache se divisaban perfectamente, casi se podían tocar la mano, sobre todo cuando los destellos de los proyectiles que lanzaban iluminaban el cielo. La guerra se olía. El polvo, los escombros y un carro blindado en llamas con una humareda gris y cálida que impregnó el paseo marítimo de olor a chamusquina. La guerra se tocaba. Los vecinos de las casas del barrio cristiano donde nos hospedábamos los pocos informadores que quedábamos se juntaron rápidamente en los sótanos y unían sus manos sudorosas para darse ánimos y rezar. Y la guerra tenía sabor a fruta. El sabor agrio y empalagoso de los limones y plátanos. Porque la guerra en Tiro sabía a estas frutas. De los campos donde crecen salían cada día y cada noche los 'katiushas' que obligaron a retroceder a Israel después de un mes de guerra y más de mil muertos. Líbano fue mi estreno de fuego en 2006. Cada noche al sur del río Litani era una guerra distinta y cada mañana servía para hacer balance de los daños. El 30 de julio a primerísima hora llegaron los rumores de una masacre en Qana, localidad bíblica situada en el interior a apenas diez kilómetros de Tiro. Perdieron la vida 27 miembros de las familias Salhub y Hashem, que se habían juntado en el sótano para pasar la noche y sobrellevar mejor el sonido de las explosiones en toda la zona, entre ellas 17 menores. Fue la matanza que marcó el principio del fin de la guerra que acabaría el 14 de agosto con la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. 'Plomo Fundido' Apenas dos años más tarde, Israel lanzó la Operación Plomo Fundido contra la franja de Gaza y esta vez me tocó seguir los acontecimientos desde el lado del agresor. Las autoridades judías prohibieron el paso de informadores extranjeros a la zona y por eso nos juntábamos en colinas próximas como las de Kfar Aza, desde donde se apreciaba el espectáculo de los bombardeos aéreos. Tras las explosiones, los hongos de humo se elevaban al cielo como queriendo huir de los daños causados. Israelíes curiosos acudían a pasar el rato a estas posiciones, provistos de prismáticos y cámaras de fotos y sin miedo a los cohetes de los grupos palestinos, que en más de una ocasión nos obligaron a echar cuerpo a tierra. La guerra convertida en espectáculo, en pasatiempo para una población que a ninguno de los dos lados del muro sabe lo que es vivir en paz. Semanas más tarde pudimos entrar y ver en directo los destrozos causados por esta ofensiva que muchos analistas vieron como un intento de Tel Aviv de desquitarse por la derrota sufrida en 2006 contra Hizbolá. Durante la Operación Plomo Fundido murieron más de 1.400 personas y otras 5.000 resultaron heridas, según el informe publicado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Israel destrozó 3.425 hogares privados, además de edificios públicos y mezquitas, y la reconstrucción llevará mucho tiempo debido al bloqueo impuesto en la Franja desde la llegada al poder del Movimiento Islámico de Resistencia (Hamás). Nada más cruzar el paso de Erez, una de las fronteras entre Gaza e Israel, se percibía que la distancia de tierra de nadie había aumentado debido a los bombardeos y a la demolición de edificios más próximos al muro divisorio. Los vecinos de esa zona trabajaban de sol a sol retirando los escombros de sus propias casas para luego reciclarlos, con cuidado de no acercarse demasiado a las garitas de vigilancia israelíes para no recibir un disparo. Una labor de reciclaje que, según las autoridades sanitarias, acarreaba un peligro mortal, ya que «entre los escombros queda munición sin explosionar y, sobre todo, existe un alto riesgo de contaminación debido al tipo de armas empleadas por los israelíes», me confesaba el doctor Salah El-Sousi, de la Universidad Al Azhar. Es una de las consecuencias invisibles de los bombardeos sistemáticos sobre una de las zonas más densamente pobladas del mundo. Gadafi contra la OTAN El último de mis 'guernicas' particulares lo viví en Libia el año pasado. Lo que empezó en febrero como una revolución, siguiendo la chispa prendida en Túnez y Egipto, acabó como una guerra en toda regla en la que había que ponerse a cubierto de los ataques de las tropas gadafistas, pero también de los inexperimentados rebeldes que perdieron muchos hombres a causa del mal uso de las armas. Muamar Gadafi envió sus tanques y aviones para sofocar la rebelión y durante meses mantuvo sus feudos bajo control, pero los bombardeos de la coalición fueron minando sus fuerzas hasta que en julio perdió Trípoli y cuatro meses después Sirte, su localidad natal. Los bombardeos de la coalición eran quirúrgicos, muchas veces había que entrar dentro de un complejo, atravesar el muro de protección para ver los edificios destrozados, nada que ver con lo que hacían los libios de ambos bandos en tierra. El cerco de Misrata fue la obra más cruel de las tropas gadafistas y durante semanas asediaron este feudo rebelde con fuego de artillería, pero no lo viví en primera persona. Lo que sí pude ver fue la venganza de los milicianos de esta ciudad, que con la ayuda de la OTAN arrasaron Sirte hasta convertirla en una ciudad fantasma con el objetivo de que sus vecinos no regresaran nunca. La pequeña aldea pesquera que vio nacer a Gadafi en 1942 se convirtió con el paso de los años en una próspera y moderna ciudad que el dictador erigió en capital de los Estados Unidos de África, órgano creado por el propio dictador. Hoy muchos de los barrios están reducidos a escombros. La pelea fue casa por casa. Los civiles huyeron en masa. Las horas posteriores a su caída definitiva, grupos de rebeldes se lanzaron al pillaje y llenaban las furgonetas con todo lo que encontraban en el interior de las casas. Los vencedores se cobraron su botín de guerra, aunque lo más grande para ellos fue ejecutar al ex dictador y exponer durante días su cuerpo en una cámara frigorífica destinada a conservar carne de animales, para después enterrarlo en el desierto. Repaso mis notas sobre estas zonas bombardeadas que he cubierto desde el año 2006 sin quitarme de la mente ciudades donde también he trabajado como Beirut y, sobre todo, Kabul, donde las guerras civiles causaron destrozos aún visibles. Lugares acostumbrados a convivir con las cicatrices del pasado, lugares con los que también se ha empleado el sobrenombre de 'Guernica' para identificarlos como ciudades mártires. Porque 75 años después de que las bombas alemanas arrasaran la villa vizcaína, la sola mención de su nombre sirve para resumir todos los calificativos que a uno le vienen a la cabeza ante las consecuencias de un bombardeo por tierra, mar o aire contra poblaciones civiles. ![]()
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