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Fukushima, cartas desde el pasado
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11.03.12 - TEXTO: JULIÁN MÉNDEZ

Un año después del tsunami, la ciudad vuelve a la vida. Las tareas de limpieza no esconden el temor a la radiactividad ni el miedo a que se pierda la memoria de una región famosa por sus paisajes

Fukushima, cartas desde el pasado

Después.

Las brigadas de limpieza han retirado 23 millones de toneladas de restos de las zonas devastadas, que ahora presentan este aspecto. :: T. yamanaka/AFP

Cómo éramos antes de todo esto? Un año después del terremoto y del posterior tsunami que arrasó la costa noreste de Japón cobrándose las vidas de más de 19.000 personas y provocando daños valorados en 500.000 millones de euros, todas las tareas se encaminan a limpiar los destrozos, a restaurar los cuantiosos daños, a taponar las fisuras de los reactores de la central de Fukushima Daiichi, a restañar las heridas... Tanta actividad, sin embargo, amenaza con enterrar el recuerdo de una de las zonas más hermosas de Japón, famosa por sus paisajes infinitos y sus gentes.

¿Casualidad o designio? Meses antes del desastre, las autoridades de Fukushima habían pedido a los vecinos que les entregaran sus viejas películas de ocho milímetros. La idea era recuperar la memoria de los años 60 y 70, la llamada era Showa. Fragmentos de 750 cintas domésticas (niños en la playa, picnics según el ceremonial nipón, abuelos sonriendo a la cámara, escenas de pesca y de vendimia...) han servido ahora para armar el cortometraje 'Fukushima en blanco y negro: una carta del pasado', que permitirá documentar en el futuro un modo de vida que no volverá, que se desintegró entre el lodo, la radiactividad y el miedo. «Nuestra esperanza es que el mundo pueda ver las sonrisas que tuvieron los vecinos de Fukushima», cuenta Tumio Umezawa, un actor local que pone voz a las imágenes. En la primera exhibición de la cinta, que estará en Cannes, buena parte de los 400 espectadores no pudieron contener los sollozos.

Esa misma sensación de pesadumbre acompaña cada día a Sadako Monma, cuidadora en una guardería a 60 kilómetros de la zona devastada y a la que ahora solo acuden nueve niños. Sadako asegura que la primera frase que se intercambian los vecinos al encontrarse es '¿y tú, qué nivel de radiación tienes?'. Los becquerelios han llegado para quedarse y forman parte ya de la vida corriente. «La radiactividad no se ve, no huele, no se siente, pero sin embargo está ahí y no sabemos hasta cuándo», responde Sadako a preguntas de Greenpeace.

Frente a la sutileza de esos sentimientos, todo lo que sucede en torno a Fukushima adquiere tintes mastodónticos: se han recogido 23 millones de toneladas de cascotes y restos. Una parte de ese cargamento ha sido quemado ya en incineradoras. El resultado son 35.000 toneladas de cenizas (contaminadas con cesio radiactivo) que se almacenan, empaquetadas en lonas azules, en veinte depósitos al aire libre, porque Japón parece haber agotado su capacidad para tratarlas. «Cuanto más se quema, más cenizas radiactivas tenemos», protestan los alcaldes.

El sake de 300 años vive

La vida en Fukushima es, ya, otra cosa. A los adultos se les permite regresar en ocasiones a sus hogares dentro de la zona de exclusión de 20 kilómetros alrededor de la central, para que recojan sus enseres y adecenten sus hogares. Usan máscaras y trajes protectores. Riku, un mofletudo chaval de 10 años, protesta. «A los mayores les dejan volver a casa. A los niños, no. Dicen que no hay trajes antirradiación para nosotros», se enfada el chaval.

Sabemos que cada persona encierra una historia. Aquí hay millares: la levadura de 300 años de Tomizawa Shuzoten que aguantó las radiaciones y que se usa todavía para hacer sake y cerveza, las figurillas budistas talladas a mano y entregadas a los padres que perdieron hijos en la catástrofe... O la nueva vida de Yasuteru Yamada, un ingeniero nuclear retirado de 73 años que armó el Cuerpo de Voluntarios tras vencer a un cáncer. La empresa Tepco no les ha dejado entrar en la central, así que trabajan en el área de exclusión. Yamada ha encontrado motivos para seguir en la brecha. «Antes del accidente -responde a este periódico- disfrutaba de mi segunda vida con el ciclismo y con shodo, la caligrafía japonesa. Ahora hay tantas cosas por hacer...».

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