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La mujer varada
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11.06.10 - :: FRANCISCO APAOLAZA

Dominique Lanoise volvió ayer con sus 220 kilos a Miami para enterrar a su hija. Llevaba meses bloqueada en Santo Domingo sin poder entrar en un avión

 La mujer varada

Lanoise terminó viviendo de la caridad en República Dominicana, después de ir a Haití a buscar a su familia tras el terremoto de enero. :: EDUARDO NÚÑEZ/REUTERS

En esta historia no caben bromas. El cuerpo de Dominique Lanoise tampoco cabe por las puertas de los aviones. Su propia geometría la ha tenido varada en la miseria, en la indigencia y al borde de la muerte en Santo Domingo, lejos de Estados Unidos, donde residía hasta que empezó su rosario de desdichas. Ayer, por fin, pudo salir. Sus 220 kilos hacían imposible que volviera a casa, no a descansar del viaje, sino a enterrar a su hija.

Antes de verse involucrada en su carambola de mala suerte, Dominique, de 38 años, había ganado con esfuerzo un pequeño sitio en el primer mundo al que era incapaz de regresar. Hasta enero era una más de las inmigrantes haitianas que se han establecido en Florida un cierto bienestar, lejos de su familia, pero cerca de las comodidades de Miami, donde vivía con sus hijos. La cosa comenzó a torcerse a primeros de año, cuando la tierra se estremeció y el juego macabro de las placas tectónicas hizo saltar por los aires Puerto Príncipe, la capital de Haití, en la que Dominique conservaba un puñado de allegados.

Como tantos otros, no dudó en salir en su búsqueda con la esperanza de no encontrarlos bajo los escombros. Así que se hizo con dos billetes de American Airlines que le aseguraban dos plazas para el cuerpo doble que arrastra por su enfermedad: obesidad mórbida. Durante el viaje de ida no tuvo problemas, pero al llegar se hirió en una pierna en un accidente. Desde entonces, ha tenido que moverse en silla de ruedas.

En ese estado se esmeró en buscar a los supervivientes de su familia, hasta que comprobó que se contaban entre los 200.000 muertos de la masacre. Sin nadie al que ayudar ni nadie que le ayudara a ella, Lanoise decidió volver a Miami con los billetes de regreso que había comprado a la misma compañía aérea. Malas noticias: con 220 kilos y en silla de ruedas no se puede viajar en avión, le dijeron. No cabía por las puertas. Ahí empezó a complicarse de verdad su situación. Tanto que tuvo que cambiar de país. Desde Haití se fue hasta la vecina República Dominicana, en su peculiar procesión, pero esta vez en un infernal bamboleo sobre un colchón en la parte trasera de una camioneta de alquiler.

A los pocos días, se plantó en el aeropuerto internacional de Las Américas, en la capital Santo Domingo, pero ninguna línea comercial se dignó a transportarla. Era marzo y pasó más de una semana abandonada en la terminal del aeropuerto sin dinero ni recursos.

El guión más angustioso no se lo hubiera hecho pasar peor. Dominique pidió por todos los medios volver a casa, pero ni siquiera las líneas de carga se arriesgaban con su cuarto de tonelada. Al estar sentada, seguía engordando. De la terminal pasó a vivir en una carpa de una iglesia evangélica en un suburbio de Boca Chica, junto a la playa en la que miles de turistas disfrutan del sol y la arena cerca de la capital.

Vivía de la caridad. Unos vecinos, solidarios con su situación, le prestaron una sofocante habitación con un ventilador y un colchón en la que se 'ahogó' durante meses. Hace quince días, el destino remató la jugada. Una de sus hijas, de 12 años, falleció en circunstancias que no han trascendido. El trágico suceso forzó el desenlace. Por orden expresa del presidente Lionel Fernández, la Fuerza Aérea Dominicana fletó un avión militar Casa 210 -hecho en España- que ayer trasladó a Miami a Dominique, donde le esperaba el funeral de su pequeña. Mal está lo que mal acaba.

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