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Un genial profesor chiflado
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27.04.12 - JON GARAY

Walter Lewin se presenta a sus clases en el MIT con rifles, se deja electrocutar y se juega la vida con bolas de demolición

Un genial profesor chiflado

Walter Lewin, en dos de sus asombrosas clases.

Cojan un folio por su lado más corto y pónganlo a la altura de la boca. La hoja se dobla por efecto de la gravedad. Soplen justo por encima de él todo lo fuerte que puedan (un secador hará este experimento todavía más espectacular). ¿Qué sucede? Increíble, el folio se endereza e incluso puede salir disparado hacia arriba. Acaban de demostrar una de las razones por la que vuelan los aviones.

Ahora imaginen que van a una clase de física en una de las universidades más prestigiosas del mundo, el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Fórmulas indescifrables, números por aquí y por allá, trenes que van de un punto A a un punto B... una pesadilla. Pero no. Resulta que allí delante está un hombre de unos setenta años, alto y desgarbado, de pelo revuelto, aire despistado y sandalias de playa. En sus manos tiene ¡un rifle! Frente a él, dos latas de pintura, una detrás de la otra: la primera, llena hasta arriba de agua; la segunda, no del todo. Con todo el ceremonial, introduce la bala, toquetea el gatillo, apunta y ¡fuego! ¿Qué ha pasado? Que en la primera, la tapa ha saltado por los aires mientras que en la otra ha quedado intacta. Todo, para demostrar que las moléculas de un líquido no pueden comprimirse, con lo que la presión extra que introduce la bala provoca su estallido. Las de los gases, por el contrario, sí que pueden hacerlo, con lo que el agua queda intacta y la tapa no sale disparada.

Así es Walter Lewin, un profesor holandés que lleva desde 2007 colgando en la web los vídeos de sus asombrosas clases. «La mayoría de los alumnos de secundaria y de universidad odia las clases de física porque suelen explicarse como un complicado conjunto de fórmulas matemáticas. Yo no utilizo este enfoque», afirma en su libro 'Por amor a la física', donde explica a su manera algunos de los principios básicos de esta ciencia. Como el vuelo de los aviones utilizando un simple folio.

Ensaya cada una de sus espectaculares lecciones al menos tres veces. Esto es clave cuando uno se juega su integridad con una bola de demolición de 15 kilos que podría destrozarle la cara. Pegado a la pared, sitúa el artefacto junto a su barbilla y lo suelta. ¿Qué sucede? Que la bola está a punto de golpearle pero nunca lo hace. La energía, concluye orgulloso, se transforma, pero nunca se gana ni se pierde. No resulta raro que cuando llega a la lección sobre la electricidad se deje electrocutar en vivo y en directo sin que le ocurra nada.

Los alumnos, encantados

Sus alumnos, claro, están encantados y no dejan de enviarle correos electrónicos agradeciéndole sus inolvidables demostraciones. «Ha cambiado mi vida», le escriben muchos. Gracias a él descubren que se puede crear un arco iris en plena calle o en cualquier parque con una simple manguera, un pulverizador y el sol a la espalda. O que un ser humano emite a lo largo del día la misma energía que una bombilla de 100 vatios. O que somos más altos tumbados que de pie. O que sin la electricidad no podríamos pensar, ni los músculos moverse, los ojos ver, la cinta de embalaje pegar ni el coche arrancar.

Por cierto, para conocer la otra razón por la que vuelan los aviones basta con que se acuerden de sacar la mano por la ventanilla cuando viajen en coche. Apunten los dedos ligeramente hacia arriba en contra del viento y verán lo que ocurre. Como suele decir Lewin, ¡la física funciona!

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