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Los náufragos adolescentes
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26.11.10 - CARLOS BENITO

Tres chicos de un atolón de Nueva Zelanda han sobrevivido cincuenta días en una barca a la deriva. Tuvieron que comerse una gaviota cruda y bebieron agua de lluvia

Los náufragos adolescentes

Los tres chicos, tras el rescate. :: TAI FREDRICSEN

Unas quinientas personas asistieron al funeral por Filo Filo, Samuel Pérez y Edward Nasau, lo que convierte el acto en uno de los más multitudinarios que se han celebrado jamás en su lugar de origen: acudió toda la población de Atafu, un atolón perteneciente a Tokelau, territorio neozelandés situado a más de 3.000 kilómetros de las islas principales del país. En los cincuenta días transcurridos desde que los adolescentes, tres primos de 14 y 15 años, desaparecieron a bordo de su bote de aluminio, los habitantes de aquel lugar remoto y aislado fueron atravesando todas las fases propias de una tragedia de este tipo: la esperanza, cada vez más débil, mientras la fuerza aérea neozelandesa rastreaba sin resultados el Pacífico; el dolor intenso de reunirse para decirles adiós y, finalmente, la triste obligación de acostumbrarse a vivir sin su presencia. Ya nadie estaba preparado para pasar otra página, pero esta vez la historia ha tenido un desenlace feliz: los jóvenes están ahora mismo viajando de vuelta a casa, después de que un atunero los avistase a 1.300 kilómetros de su punto de partida y los rescatase, en un estado de salud sorprendentemente bueno para lo que les ha tocado pasar.

Mientras en Atafu lloraban por ellos, los chicos sufrían todo tipo de penalidades. Zarparon con la intención de completar una travesía de 96 kilómetros de una isla a otra, algo que no resulta inusual en un archipiélago donde las barcas son el principal medio de transporte, pero alguna complicación los dejó a la deriva: aunque el bote iba equipado con un motor fueraborda de 18 caballos, se sabe que, poco antes de hacerse a la mar, estuvieron buscando combustible por la isla, así que resulta probable que emprendiesen el viaje con reservas insuficientes. A bordo llevaban un par de cocos que les sirvieron de sustento al principio de su peripecia, pero, en los días interminables y vacíos que vinieron después, tuvieron que arreglarse con el pescado que lograron atrapar y con una gaviota que se posó en el bote hace dos semanas y que se comieron cruda. Calmaban la sed con el agua de lluvia que recogían en una lona, un sistema que había dejado de servirles en los últimos tres días: no cayó ni una gota y los chicos, desesperados bajo un sol abrasador, habían empezado a tomar sorbos de agua de mar. Estaban en una de esas regiones del planeta que, en los mapas, aparecen como un enorme vacío con algunos puntos negros, como moscas diminutas. Y el viento y las corrientes les fueron llevando por una zona particularmente poco frecuentada por buques, donde las posibilidades de rescate parecían nulas.

Fuera de la ruta habitual

En realidad, el barco que les socorrió ni siquiera debería haber pasado por allí. El 'San Nikunau' había estado capturando atún en Kiribati, pero, en vez de seguir su ruta habitual para descargar en la Samoa Americana, su capitán decidió poner proa hacia Nueva Zelanda por el itinerario más rápido. El miércoles, cuando atravesaba las aguas de Wallis y Futuna, un tripulante del pesquero divisó a lo lejos lo que parecía una pequeña embarcación, incongruente a tanta distancia de la costa. «Tuvimos los suficientes alcances para darnos cuenta de que había gente dentro y de que no era lógico que estuviesen allí», explica el primer oficial, Tai Fredricsen, que ha narrado lo ocurrido a la BBC y a la publicación digital neozelandesa Stuff. En su barca, los jóvenes empezaron a agitar los brazos frenéticamente, ansiosos ante la posibilidad de sobrevivir que les brindaba la aparición del atunero. «Nos acercamos a ellos, les preguntamos si necesitaban ayuda y su respuesta fue un clamoroso 'sí'», relata Fredricsen, uno de esos marineros que saben cómo dar aliciente a una historia.

El oficial, que también es responsable médico del barco, encontró a los náufragos en un estado de salud relativamente bueno: «Estaban muy delgados pero en buena forma física, si se tiene en cuenta por lo que han pasado -asegura-. Tenían quemaduras solares importantes, pero sólo tuvieron que recibir primeros auxilios, sobre todo cremas para la piel. Y mantenían un razonable buen ánimo, a pesar del tiempo que han estado en alta mar». Los adolescentes hablaron a Fredricsen de la gaviota que les había servido de alimento y le preguntaron si habían obrado bien: «Les contesté que había sido una buena idea». En cambio, les explicó que beber agua salada era «lo peor que podían haber hecho, algo que podía haber sido desastroso para ellos». De no haberse cruzado con el 'San Nikunau', lo más probable es que hubiesen muerto en unos pocos días.

Filo, Samuel y Edward han vuelto gradualmente a la dieta normal: al principio sólo pudieron comer unos pocos trozos de fruta, pero a la mañana siguiente ya se zamparon un copioso desayuno y se les veía ansiosos por sentarse a la mesa para comer: «Están felices», resumía el primer oficial. El regreso será mucho más cómodo que su recorrido a la deriva, pero tampoco se tratará de una cosa tan inmediata como podría pensarse: Tokelau, el último lugar de la tierra al que llegó el teléfono, no tiene aeropuerto, ni siquiera un puerto propiamente dicho, y sólo se puede llegar en un barco que hace el servicio cada quince días desde Samoa y tarda 36 horas en arribar a Atafu. El atunero dejará hoy a los chicos en Suva, la capital de Fiyi, desde donde volarán a Samoa para tomar el servicio regular a casa. Allí les esperan con impaciencia sus parientes y vecinos, toda esa gente que lloró su muerte antes de tiempo.

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