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19.08.08 - Arantza Furundarena

Paul Newman desea morir en casa, mientras la duquesa de Alba parece revivir en la calle

La Duquesa de Alba parece revivir en la calle. / M.F.
Como fuera de casa en ninguna parte. Ése parece ser el lema de la duquesa de Alba. Y mira que tiene suntuosos palacios, extensas fincas e imponentes chalés en los que alojarse... Pues nada, oye, que a ella le tira la calle.

Anteayer se la vio en el Bulevar de la Fama de Marbella, recibiendo una estrella con su nombre, ayer en un acto benéfico, mañana en un sarao... Más Alba que nunca desde que ha decidido dejarse las canas al aire, Cayetana se está convirtiendo por derecho propio en la famosa de guardia del verano. Ella es la nueva maja vestida. El resto, incluida su hija Eugenia, están todas en topless o en bikini. Bueno, todas no. Queda Paula Echevarría y su estilismo a lo Demis Roussos, pero es porque está a punto de dar a luz.

Es como lo de los Windsor. Con tal de no estar en su castillo de Balmoral (soportando al pesadísimo fantasma familiar, que supongo que se toma ya más confianzas que Andrew el androide) se apuntan a lo que sea. Carlos saca de su fondo de armario una de sus muchas faldas escocesas, ella agarra la trinchera y para allá que se van, de romería. Son rústicos estos Windsor... La última vez que se les vio, Camila estaba riéndose a mandíbula batiente (con la amenaza que ello supone) porque un golpe de viento empezó a levantar la falda de su marido. Presenciaban uno de esos rudos torneos escoceses de lanzamiento de troncos; que a ellos las Olimpiadas les quedan demasiado finas.

Otro que no para en casa es José Tomás, quien por culpa de lo mucho que se arrima, se pasa la vida del ruedo al hospital y del hospital al ruedo. El domicilio particular ni lo pisa. Allí ya no deben de conocerle ni a la hora de comer, y temo que hasta algún vecino haya podido usurparle la plaza de parking.

Todo esto me conduce, tristemente por cierto, a alguien que sí ha expresado su deseo de regresar a su casa con más anhelo que ET. Hablo del llorado Paul Newman. Llorado desde ya, pues todavía está entre nosotros y ya le echamos de menos. Newman presiente el final y prefiere despedirse de los suyos a puerta cerrada, en familia. Supongo que quiere dejar este mundo en su hogar y en brazos de su mujer, a la que lleva unido cincuenta años. Y eso que se casaron en Las Vegas... ¿Existe -me pregunto- algún otro matrimonio celebrado en semejante casino que haya llegado a las bodas de oro? Apuesto al rojo a que no (Alaska y Vaquerizo, también casados allí, con estar durando mucho, aún distan de conseguirlo). Tal vez la unión Newman-Woodward debería figurar en el Libro Guinness de los Récords.

Ojalá esa mujer nos desvele algún día su gran secreto: cómo disfrutar de un matrimonio duradero y feliz, sin sucumbir a los celos. Me refiero, claro, a un matrimonio con un hombre guapísimo, brillante, simpático, seductor y mundialmente deseado... (Con uno feo, soso y aburrido la cosa no tiene mérito.) Con Newman, el día que se nos vaya, se nos irá tal vez el único ejemplar de hombre que siempre (y ante cualquier tentación) pensó principalmente con el cerebro. Elegante como pocos, de él sí que podremos decir lo que solían afirmar los curristas ante una clamorosa espantá del maestro: «¿Qué bien se sabe de ir!» Y qué bien (cabe añadir en el caso de este gran actor) ha sabido estar.

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